La hipótesis incómoda sobre España que casi nadie se atreve a plantear
Voy a decir algo que probablemente incomode tanto a quienes desconfían de Pedro Sánchez como a quienes siguen viendo cada decisión de este Gobierno bajo una lógica puramente ideológica. Creo que ambos están leyendo mal, o al menos de forma incompleta, algunas transformaciones profundas que están ocurriendo en España.
No porque exista un gran plan oculto perfectamente diseñado —eso sería simplificar demasiado cómo funciona la política real—, sino porque empiezan a encajar demasiadas piezas como para despacharlo todo como mera improvisación. Y cuando uno junta esas piezas, aparece una hipótesis que, cuanto menos, merece ser examinada.
La hipótesis es esta: quizá España está intentando posicionarse para ocupar un papel estratégico dentro de la nueva reindustrialización europea, apoyándose en dos ventajas comparativas muy concretas: costes relativamente bajos y energía potencialmente barata. Y si eso es así, algunas decisiones que muchos leen como caos o como simple gestión coyuntural empiezan a adquirir una lógica distinta.
Lo interesante es que esa lógica no se suele nombrar.
Se habla de inmigración por un lado, de renovables por otro, de industria europea por otro. Pero casi nunca se piensa en cómo esos elementos podrían estar conectados entre sí.
Y sin embargo, quizá ahí está la historia.
España siempre compitió ajustando precios. Lo único que ha cambiado es cómo lo hace
Hay algo que conviene recordar porque ayuda a entender mucho. España históricamente ha compensado sus debilidades estructurales ganando competitividad por precio. Antes lo hacía con la peseta. Cuando la economía perdía fuelle, se devaluaba la moneda y eso abarataba exportaciones, turismo y producción. Era una herramienta imperfecta, pero era una herramienta.
Con el euro eso desapareció.
Y desde entonces, recuperar competitividad dejó de pasar por tocar la moneda y empezó a depender mucho más de otros mecanismos. Productividad, sí. Reformas, también. Pero, de manera mucho menos reconocida públicamente, también salarios.
No hace falta formularlo como una teoría conspirativa para observarlo. Basta mirar la paradoja española de las últimas décadas: crecimiento económico recurrente conviviendo con una sensación persistente de precariedad social. Un país que mejora indicadores macroeconómicos mientras amplias capas de población sienten que vivir dignamente cuesta cada vez más.
Esa fractura entre cifras macroeconómicas y vida cotidiana conecta con una idea que ya exploró El Espectro en “Trabajas, cobras… y aun así no puedes ahorrar. Bienvenido al nuevo empobrecimiento”, donde se aborda precisamente cómo el crecimiento puede convivir con una sensación real de empobrecimiento.
Esa tensión no es accidental.
Y quizá forma parte de un modelo.
Porque cuando un país no puede devaluar su moneda, a menudo compite devaluando costes. Y eso suele empezar por el trabajo.
Plantearlo así incomoda porque rompe relatos muy asentados. Pero quizá precisamente por eso hay que hacerlo.
La inmigración puede estar cumpliendo una función económica que casi nadie quiere discutir
En ese marco, la cuestión migratoria cambia completamente de dimensión.
No como polémica identitaria, sino como factor estructural.
España necesita inmigración, y negarlo es absurdo. La necesita por razones demográficas evidentes, por equilibrio del sistema y porque buena parte de sectores esenciales funcionan gracias a esa aportación. Eso no está en discusión.
La cuestión es otra.
Si un país aspira a ser competitivo en costes y, al mismo tiempo, amplía de manera sostenida la oferta de mano de obra, es legítimo preguntarse si ambas dinámicas guardan alguna relación económica.
No para culpabilizar a quien llega. Sería un análisis pobre y además injusto.
Sino para preguntarse qué modelo productivo se está apoyando sobre esa realidad.
Si te interesa profundizar en cómo la cuestión migratoria puede leerse más allá del marco habitual, en El Espectro ya abordé una derivada esencial en “Por qué la inmigración masiva no resuelve la baja natalidad en España”, donde se cuestiona una de las grandes premisas demográficas del debate.
Porque una cosa es incorporar población para fortalecer una economía más compleja, más productiva y más sofisticada. Otra muy distinta es que la llegada de trabajadores sirva, aunque sea indirectamente, para consolidar una economía de bajos costes.
Y esa posibilidad merece ser pensada sin histerias y sin eslóganes.
De hecho, cuanto más se observa el contexto europeo, menos extravagante parece.
Porque aquí entra la segunda pieza del puzle.
Puede que las renovables no fueran solo ecologismo, sino estrategia industrial
Durante años mucha gente ha interpretado la apuesta española por renovables como una especie de gesto ideológico revestido de discurso climático. Se ha caricaturizado incluso como si fuera poco más que una obsesión política.
Pero esa lectura puede ser demasiado superficial.
Porque en un escenario donde la energía se ha convertido en un factor geopolítico decisivo, disponer de energía abundante y relativamente barata no es un lujo. Es una ventaja industrial.
Y eso cambia todo.
Si Europa quiere reindustrializarse —y cada vez hay menos dudas de que quiere hacerlo—, las empresas que decidan dónde instalar nuevas capacidades productivas no mirarán solo fiscalidad o regulación. Mirarán también dónde pueden producir con menores costes energéticos.
Y ahí España tiene algo que empieza a parecer mucho menos anecdótico de lo que muchos creen.
Tiene condiciones para convertirse en una potencia energética renovable relevante.
Eso no significa que todo esté resuelto ni que no haya problemas enormes en planificación, redes o modelo territorial. Pero sí significa que hay una baza objetiva.
Y si juntas esa baza con unos costes laborales inferiores a los del núcleo europeo, empieza a aparecer un cuadro bastante interesante.
O inquietante.
Depende de cómo se mire.
La reindustrialización europea puede convertir a España en una oportunidad… o en una periferia eficiente
Hay un cambio de fondo ocurriendo en Europa que todavía no estamos terminando de calibrar. Durante décadas se asumió que gran parte de la producción podía deslocalizarse, que fabricar lejos era más barato y que las economías europeas podían especializarse en servicios, finanzas y tecnología mientras buena parte de la manufactura se desplazaba a otros lugares. Esa lógica empieza a resquebrajarse.
La pandemia mostró hasta qué punto depender de cadenas globales extremadamente frágiles podía convertirse en un problema. La guerra en Ucrania terminó de recordarle a Europa que la autonomía productiva no es una obsesión proteccionista, sino una cuestión estratégica. Y la creciente tensión con China ha acelerado algo que ya estaba en marcha: la necesidad de volver a producir más dentro.
No es un debate ideológico. Es un giro histórico.
Y cuando Europa empieza a plantearse reindustrializarse, la pregunta ya no es si habrá nuevas inversiones productivas, sino dónde acabarán aterrizando muchas de ellas.
Es aquí donde España entra en escena.
Porque, mirado fríamente, reúne condiciones que podrían volverla especialmente atractiva. Tiene costes laborales inferiores al corazón industrial europeo, tiene potencial energético enorme, tiene posición geográfica privilegiada, infraestructuras razonables y acceso a fondos comunitarios. No es absurdo pensar que podría convertirse en uno de los territorios donde una parte de esa nueva industria quiera asentarse.
De hecho, sería raro que no aspirara a ello.
Ahora bien, ahí aparece una distinción decisiva que casi nunca se plantea y que, sin embargo, lo cambia todo.
No es lo mismo atraer industria porque eres capaz de competir en productividad, innovación y valor añadido, que atraerla porque eres la opción relativamente barata dentro de una Europa cara.
Eso son dos modelos distintos.
En el primer caso, la reindustrialización puede ser una oportunidad histórica para reforzar el país.
En el segundo, corres el riesgo de convertirte en una especie de periferia eficiente: útil, funcional, competitiva… pero subordinada.
Y esa expresión —periferia eficiente— encierra algo importante.
No sería la vieja periferia atrasada, dependiente y débil que solemos imaginar. Sería algo más sofisticado. Un territorio integrado en el nuevo esquema productivo europeo, sí, pero ocupando un papel determinado por su ventaja en costes más que por su liderazgo económico.
Es una diferencia sutil, pero enorme.
Porque puedes llenarte de fábricas y seguir ocupando una posición periférica si lo que te hace atractivo es ser más barato.
Puedes crecer y, sin embargo, seguir jugando un papel subordinado.
Puedes convertirte en éxito estadístico y seguir sin resolver el problema de fondo.
Y ese es precisamente el punto que me parece más interesante y menos discutido.
No si España puede beneficiarse de la reindustrialización europea.
Probablemente puede.
La cuestión es cómo.
Si esa oportunidad sirve para elevar salarios, complejidad económica y soberanía productiva, estaremos ante una transformación histórica positiva.
Pero si se aprovecha simplemente para consolidar un papel de país competitivo por costes, entonces quizá no estaremos asistiendo a una emancipación económica, sino a una nueva versión —más elegante, más moderna— de una dependencia antigua.
Y ese matiz importa muchísimo.
Porque, en el fondo, no estamos hablando solo de fábricas.
Estamos hablando del lugar que España quiere ocupar en la Europa que viene.
Y eso es bastante más grande.
Quizá la cuestión no es si Sánchez tiene un plan, sino hacia dónde está empujando el país
En realidad, si Pedro Sánchez tiene o no una estrategia plenamente consciente detrás de todo esto es casi secundario. Incluso puede que la pregunta esté mal formulada. Porque a veces las grandes transformaciones no nacen de un plan maestro perfectamente diseñado, sino de una acumulación de decisiones que, tomadas por razones distintas, terminan empujando en la misma dirección. La historia económica está llena de procesos así. No siempre hubo arquitectos; muchas veces hubo inercias, intereses que convergen y coyunturas que se aprovechan.
Eso es, quizá, lo verdaderamente interesante aquí.
No tanto si existe una voluntad deliberada de convertir a España en una plataforma industrial competitiva dentro de Europa, sino que las condiciones para que eso ocurra parecen estar alineándose. Ahí es donde esta hipótesis deja de sonar extravagante y empieza a parecer plausible. Porque una cosa es ver fenómenos aislados y otra advertir que podrían estar componiendo una tendencia.
Y si esa tendencia existe, el debate importante deja de ser partidista.
Ya no va de estar a favor o en contra de Sánchez.
Va de preguntarse qué papel está empezando a asumir España dentro de un nuevo orden económico europeo.
Esta lectura conecta con otra reflexión publicada en El Espectro, “Caso Koldo y la gran mentira política: ¿cómo confiar en quien te exige moral y hace lo contrario?”, donde abordo cómo ciertas dinámicas sistémicas suelen leerse como episodios aislados cuando forman parte de algo más profundo.
Porque no es una cuestión menor decidir si un país quiere atraer industria porque ofrece valor, innovación y soberanía productiva, o porque ofrece costes contenidos dentro de un continente caro. Puede parecer un matiz técnico, pero en realidad define modelos de país completamente distintos. En uno, la industria eleva salarios y fortalece tejido social. En el otro, la industria llega precisamente porque esos salarios siguen siendo bajos.
Y esa diferencia, aunque a veces se esconda detrás de indicadores triunfalistas, lo cambia todo.
La pregunta de fondo no es económica; es qué tipo de país queremos ser
Por eso sospecho que la discusión real no es si esta hipótesis acierta del todo o si exagera conexiones. La discusión es si estamos mirando suficientemente lejos.
Porque un país puede crecer sin hacerse más fuerte.
Puede atraer inversión sin hacerse más soberano.
Puede convertirse en caso de éxito y, sin embargo, seguir organizado alrededor de una fragilidad estructural.
Eso ya ha ocurrido muchas veces.
Lo decisivo es si esta eventual oportunidad industrial serviría para elevar el país o para fijarlo en una nueva forma de dependencia más sofisticada.
Y esa es una conversación mucho más profunda que el debate cotidiano al que estamos acostumbrados.
No es una discusión sobre cifras.
Es una discusión sobre proyecto de país.
Sobre si queremos que España aproveche una coyuntura histórica para reindustrializarse ganando complejidad económica y mejores condiciones de vida, o si corre el riesgo de consolidarse como ese territorio competitivo porque resulta más barato que otros.
No es exactamente la misma historia.
Aunque pueda parecerlo.
Y quizá lo inquietante es que apenas lo estamos discutiendo en esos términos.
Quizá la verdadera cuestión no es si esta hipótesis es correcta, sino por qué cuesta tanto formularla
Puede que esta lectura tenga puntos débiles. Seguramente los tiene. Toda hipótesis ambiciosa los tiene.
Pero aun así toca una intuición poderosa: que puede haber una lógica detrás de decisiones que solemos interpretar como dispersas. Y solo por eso merece atención.
Porque a veces una idea valiosa no es la que ofrece respuestas, sino la que obliga a hacerse mejores preguntas.
Y tal vez la pregunta correcta no sea si España se está posicionando para convertirse en una potencia industrial.
Tal vez la pregunta sea si, en caso de lograrlo, lo hará desde la fortaleza o desde la baratura.
Dicho de otra forma: si estamos construyendo un país más sólido o simplemente un país más útil para otros.
Eso sí cambia por completo la conversación.
Y, honestamente, me cuesta pensar una cuestión más importante que esa para discutir hoy.
Porque si de verdad estamos entrando en una transformación de fondo —y hay señales para creer que sí—, convendría no limitarnos a celebrarla o denunciarla en automático, sino entender qué forma puede adoptar.
Las grandes mutaciones rara vez se anuncian como tales. Suelen avanzar disfrazadas de decisiones técnicas, de reformas parciales, de políticas aparentemente inconexas.
Y muchas veces solo se entienden cuando ya han redibujado el paisaje.
Quizá esta sea una de ellas.
Y quizá por eso valía la pena detenerse a pensarlo.
Preguntas que casi nadie se está haciendo sobre el futuro económico de España
Fuentes
Instituto Nacional de Estadística (INE) — Datos sobre mercado laboral, población extranjera, demografía y evolución salarial.
Banco de España — Informes sobre productividad, costes laborales, competitividad y perspectivas económicas.
Comisión Europea — Estrategia de reindustrialización, autonomía estratégica y política industrial europea.
Red Eléctrica de España — Datos sobre generación renovable, mix energético y evolución del sistema eléctrico español.
OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) — Análisis comparativos sobre salarios, productividad, inmigración y transformación industrial.





